Auschwitz

Como podréis imaginar dada la lectura recomendada en el post anterior, sé que la propuesta que os traigo en esta ocasión no es en absoluto agradable, por lo que entenderé que alguno no quiera seguir leyendo este largo post; aunque yo, sinceramente, me siento obligado a escribir y contar las sensaciones, difíciles de describir, que este trágicamente famoso lugar de Polonia me han dejado.

Todavía recuerdo cómo la guía, al finalizar la visita, nos preguntó que, dado que no se podía afirmar si esta nos había gustado (no es un verbo apropiado), si al menos, había removido nuestras conciencias. En mi caso particular, debo reconocer que no solo removió mi conciencia, sino también mi estómago y mi lagrimal. Y del mismo modo, a mi mujer e hijas, ya que es imposible que Auschwitz te deje indiferente.

He de decir, antes de seguir, que no me cabe en la cabeza lo que allí vi, y tampoco me cabe entender por qué ocurrió aquello, por qué hay gente que pone en duda lo que allí pasó y que incluso lo niega, o por qué existió un lugar como ese, no hace mucho, ni muy lejos. De verdad, no encuentro las palabras ni puedo hallar una sola explicación donde el sentido común aparezca y tenga hueco para razonar respuesta a tantos porqués. Sigo, y ahora, al conocerlo in situ, sin alcanzar cómo determinados seres “humanos” son capaces de cometer tales atrocidades; sigo sin comprender cómo puede llegar a funcionar la mente de algunos, ni atisbar el odio que algunas “personas” pueden llegar a desarrollar hacía otros, simplemente por el hecho de que piensen distinto, recen a otro Dios, quieran a las personas de su propio sexo, nazcan con una piel u otra, y simplemente no piensen o sean como ellos.

Como datos comentar que Auschwitz se encuentra en la localidad de Oswiecim, a unos 70 kilómetros de distancia de Cracovia, e inicialmente, antes de ser un campo de exterminio, fue un campo de concentración, abierto el 20 de mayo de 1940 durante la ocupación nazi de Polonia y dirigido por las SS, que mandaba Heinrich Himmler.

A título informativo, podéis ir por libre y la entrada en ese caso es gratuita, pero hay cupos o foro limitados pequeños, por lo que recomiendo contratar la visita guiada y asegurarse así entrar. Por cierto, antes de pasar el estricto control de entrada, la primera sensación que tuve es que Auschwitz parecía un parque temático, dado el gran número de bulliciosas personas de diferentes nacionalidades que se agolpaban antes de entrar. Pero en cuanto pasas el mencionado control la realidad es bien distinta. Llevarás unos auriculares, y los guías solo hablarán en voz baja, mediante ellos. Si te los quitas, el silencio sepulcral y el respeto por este memorial y recordatorio del Holocausto te golpearán de lleno.

Lo primero que te explicarán, antes siquiera de entrar en el campo en sí, es que Auschwitz, en realidad, era un complejo compuesto por varios campos: Auschwitz I, que era el campo de concentración original que servía de centro administrativo (y donde murieron cerca de 70.000 intelectuales polacos y miles de prisioneros de guerra soviéticos, testigos de Jehová, presos comunes alemanes, elementos antisociales y homosexuales); Auschwitz II-Birkenau, el gigantesco campo de exterminio en el que murieron la mayor parte de las 1.300.000 víctimas (sí, la cifra tiene todos esos ceros); y Auschwitz III (Buna-Monowitz), utilizado como campo de trabajo esclavo para la empresa IG Farben (debemos recordar los nombres de este conglomerado empresarial químico compuesto por AGFA, Bayer, BASF, Hoechst -ahora parte de Sanofi-Aventis- y Pelikan, quién suministraba la tinta con que se tatuaba a los prisioneros), y quienes produjeron el gas Zyklon B, el veneno de las cámaras de exterminio.

En nuestra visita, conocimos los dos primeros, y de los que, por tanto os hablaré.

Auschwitz I

Cuando entras en este campo, lo harás por su famosa puerta principal, cuyo lema en la parte superior es “Arbeit Macht Frei”, que se podría traducir como el “el trabajo libera” o “el trabajo os hará libres”, una ironía sin duda insultante.

Verás que está compuesto por muchos, alineados y perfectamente colocados, barracones de ladrillo (eran del ejército polaco anteriormente),

rodeados por un doble vallado de alambre de espino que da miedo ver, pero sobre todo, pena por atisbar lo que allí dentro realmente ocurrió.

Una vez dentro del primer barracón llamará nuestra atención una frase famosa de un español, George Santayana “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Todos deberíamos grabarnos esas palabras.

Después se te quitarán otras dudas, si tenías alguna, sobre una de las principales razones que hicieron destacar este campo de exterminio de otros, el número de víctimas: “A Auschwitz se enviaron 1.300.000 personas. 1.100.000 judíos, 140.000 polacos no judíos, 23.000 gitanos, 15.000 prisioneros soviéticos y 25.000 prisioneros de otras etnias”

Y comenzará una vista por distintos barracones donde se guardan terribles recuerdos de las cifras de las que estamos hablando detrás de algunas grandes y espeluznantes vitrinas:

Entre los barracones se encuentra el tristemente conocido bloque 10, donde el doctor Josef Mengele hacía experimentos con seres humanos, mujeres y niños. O uno donde las paredes están llenas de cientos de fotos de prisioneros, donde se muestra su nombre, edad, fecha de entrada y fecha de fallecimiento. Es estremecedor comprobar, con rostros reales de personas que sufrieron aquello, cómo la mayoría de mujeres duraba menos de tres o cuatro meses, y los hombres un máximo de diez. Aunque el más temido era el bloque 11, los calabozos donde se aplicaban castigos disciplinarios, y donde podrás ver celdas literalmente de un metro cuadrado donde metían a la vez a cuatro y cinco prisioneros, quienes de pie, no podían moverse ni respirar. Absteneros si tenéis claustrofobia.

Al salir, también podréis ver, en uno de los patios, la pared de fusilamiento o la horca donde los nazis decidían quién no debía continuar su trabajo de esclavos:

O acabar la visita entrando en la cámara de gas que se construyó en este campo, y ver el agujero donde soltaban las latas de Zyklon B, y los hornos crematorios donde algunos judíos (se llamaban sonderkommando) se encargaban de quemar y recoger los cadáveres (muchas veces de sus propias familias) y quienes solo vivían 6 meses, hasta que los nazis elegían otro grupo que les sustituyese.

Auschwitz II-Birkenau

Al mismo llegaríamos en autobús, aunque esté solo a tres kilómetros. Para que os hagáis idea de esta ampliación y su dimensión os adjunto un mapa comparativo:

Lo primero con lo que os encontraréis es la desgraciadamente conocida “puerta de la muerte”,

y donde llegaban directamente las vías del tren, les bajaban y les clasificaban tras quitarles pertenencias y equipajes.

Unos, a ojo de un médico nazi que decidía, porque sí, su destino, iban a los barracones para trabajar, otros iban directamente a las cámaras de gas gigantescas que se construyeron en dicha ampliación del campo. En nuestro caso, la guía nos condujo a lo que queda de los crematorios, realizando el mismo recorrido andando que hacían los condenados que acababan de bajar del tren (y donde acaban las vías). Veréis que los crematorios (donde podían entrar en grupos de hasta 2.000 personas a la vez) están destruidos (un intento fallido de rebelión de los sonderkommando pudo explosionar la cámara de gas nº 4), pero unos dibujos os permitirán haceros una idea de aquel terrorífico lugar. Junto a ellos se encuentra el memorial por las víctimas del holocausto.

Después volveremos hacia la salida, donde veréis lo que queda de los barracones (ahora hay hierba, evidentemente cuando se utilizaba, no) e incluso podréis entrar en uno de ellos.

Como decía John Boyne en El niño con el pijama de rayas:

"sólo notaba vacío y frío alrededor

, como si se hallara en el lugar más solitario del planeta.

Era como el fondo de la nada.

Nada más que añadir.

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