El Camino de Santiago (IV): León, Lugo y A Coruña

Camino_de_Santiago_km0En el post anterior habíamos dejado atrás la provincia de Palencia y comenzaba nuestro viaje por tierras leonesas. Pasado Sahagún, con su arte mudéjar, se abre una bifurcación al pie de la N-120, nosotros tomamos la que pasaba por Bercianos del Real Camino y El Burgo Ranero, discurriendo por un carril construido ex profeso para los peregrinos y sombreado por una fila de árboles sin fin.

Recorrimos ese día una larga tirada de casi 60 kilómetros, hasta un camping en Mansilla de las Mulas, donde haríamos la parada nocturna. Aprovechando que al día siguiente nos distaban sólo 18 kilómetros hasta León, y que teníamos que esperar a que llegara un amigo en tren, aprovechamos para salir de copas… y nos las tomamos todas.

A la mañana siguiente, resacosos, nuestras cabezas evitaron que madrugáramos. Tranquilamente desmontamos las tiendas de campaña y nos acercamos hasta la ciudad de León. Nuestro amigo y sexto componente del grupo llegaba al día siguiente, y pudimos recorrer la gran Catedral de León con toda la parsimonia del mundo.

Es, sin duda, una de las catedrales góticas más hermosas de España. Construida entre los siglos XIII y XV, presenta una gran unidad estilística, lo que la dota de una elegancia única, por lo que recibe el sobrenombre de la Pulchra Leonina.

Las tres fachadas de la Catedral de León (flanqueadas por dos torres de más de 60 metros) exhiben una de las mejores colecciones de esculturas góticas de la península.

Sin embargo, lo más hermoso y espectacular de la Catedral de León es el espacio interior, en el que la luz, con diferentes tonalidades dependiendo de la hora del día, nos envuelve: las inmensas vidrieras, muy coloristas ya que añaden al azul y el rojo habituales la gama de verdes, ocres y amarillos, convierten sin duda a esta catedral en la Catedral de la luz.

CatedralLeónAprovechando la espera de nuestro amigo al mediodía, la mañana siguiente me acerqué a Trobajo del Camino, y como buen nieto visité a mi abuela materna (ver post Asturias patria querida) la cual pasaba allí, ya de mayor, un par de meses del verano.

Por fin nuestro amigo llegó. Fresco y con ganas se incorporó al grupo. Al atardecer, recorrimos los veintiún kilómetros que distaban hasta el siguiente albergue. La próxima etapa nos deparaba llegar hasta Astorga:

Astorga

Y tras Astorga nos adentramos en la comarca maragata pero la tarde se estropeó, por delante más de veinte kilómetros que se me hicieron eternos hasta Rabanal del Camino, a los pies de Foncebadón, en el monte Irago. Una carretera ascendente de la que llaman “rompepiernas” y con mucho viento de cara. Tuve que tomarme mi tiempo para llegar. Cuando por fin aparecí por Rabanal, no había sido el único al que se le había atragantado la etapa: el recién incorporado en León devoraba un bocadillo con ansías, su “pájara” según comentaban los demás, había sido de órdago. Esa noche descansamos de nuevo en las tiendas, en medio del pueblo (ahora no dejan).

Tras medio descansar vivimos sin duda, una de las etapas más duras, pero también de las más espectaculares, de todo el Camino: a primera hora nos tocó subir el agotador Foncebadón (incluso alguno puso pie en tierra alguna vez, y en esta ocasión no fui yo el “coche escoba”, eso sí, no lo reconocerán jamás). La verdad es que faltaba un plato más pequeño y un piñón mayor… impresionante el corto ascenso.

Una vez llegamos arriba, nos reunimos con otros peregrinos alrededor de uno de los lugares emblemáticos del Camino: la Cruz de Hierro. Se me ponen los pelos de punta al recordarla, rodeada de una montaña de piedras, supuestamente una por cada peregrino que ha pasado por dicho lugar.

FoncebadónMinutos después, tras el avituallamiento, hicimos un descenso memorable hasta Manjarín, de esos que sólo desde la inconsciencia de nuestra juventud se pueden entender, superando incluso los límites de velocidad marcados para los coches.

Desde allí continuamos la larga jornada de 53 kilómetros hasta Ponferrada, después, a dormir en Villafranca del Bierzo.

Se dice que “todo lo que sube, baja” y la siguiente etapa cumplió caprichosamente con el dicho: la mañana fue un durísimo ascenso de poco más de 32 kilómetros con más de 1.000 metros de desnivel positivo hasta Pedrafita do Cebreiro. Pero después de comer, mientras veíamos terminar una etapa del Tour de Francia (Induráin acabaría ganando el tercero de sus cinco tours consecutivos), tocó un descenso vertiginoso de 20 kilómetros con un desnivel negativo de 900 metros, hasta Triacastella. Allí tocó descansar en un curioso camping con tiendas de campaña gigantes… y comunitarias.

PortomarínQuedaba menos para Santiago pensamos al levantarnos la mañana siguiente, y ver cómo eran muchísimos ya los peregrinos que comenzamos a cruzarnos (miles salen desde Sarriá y así cumplir los 100 kilómetros mínimos para recibir la compostelana) camino de la provincia de Lugo.

Después de un largo día, llegamos al polideportivo municipal de Portomarín, junto a cientos de personas, muchas de ellas con rozaduras recientísimas ya que era su primera jornada a pie. La etapa no había defraudado en absoluto ni al primerizo ni al curtido peregrino. Nos había mostrado incontables aldeas de los Concellos de Sarriá, Paradela y Portomarín, buenos ejemplos del románico, pistas vecinales asfaltadas, sendas, y puentes medievales.

Tras compartir ronquidos, salimos hacía Palas de Rei, era la parada intermedia de la penúltima etapa. Pedaleamos apenas veinte kilómetros para cruzar Lugo (por la aldea de O Coto) y entrar ya en la última provincia del Camino, y destino final, A Coruña. Aquí Galicia luce un perfil quebrado, de los conocidos como rompepiernas, con un sinfín de toboganes y escenarios mágicos como el del río Catasol hasta Ribadixo da Baixo y Arzúa, donde a su vez conecta y se junta el Camino Francés con el Camino del Norte.

Último día, nos despertamos con ganas, quedan poquísimos kilómetros para llegar a Santiago. Esa etapa no era muy larga, y más corta se nos hizo porque metímos una marcha más para llegar prácticamente a la carrera a Santiago, antes cruzamos el Monte do Gozo sin ni siquiera tomarnos una pausa para contemplar las vistas de la ciudad objetivo de casi ochocientos kilómetros. Los últimos de los cuales habían cruzado León, Lugo y la provincia de A Coruña:

EtapasCalzadillaSantiagoFinalmente entramos bajo el Arco del Palacio por un pasadizo, para acceder a la Plaza del Obradoiro, donde nuestra aventura terminaba. Mientras aparcábamos las bicicletas fuimos descubriendo cada detalle de la fachada occidental y nos encaminamos al centro mismo de la plaza.

CatedralSantiago Dentro de la Catedral, y traspasando su espectacular Pórtico de la Gloria, cumplimos con las tradiciones marcadas: dar tres pequeños golpes con la cabeza en la imagen del Maestro Mateo situada en la parte interior del Pórtico (aunque desde hace un tiempo, y debido a la restauración en el templo, no se puede acceder a la zona). Representa la petición del peregrino de sabiduría e inteligencia. A continuación, la tradición marca visitar la cripta con los restos del Apóstol Santiago. En el altar mayor no faltó tampoco el abrazo a la imagen del Apóstol. Y terminamos con la tradicional misa del peregrino, donde el botafumeiro apenas alejó de nosotros el "olor" impregnado de cientos de kilómetros.

Era difícil no emocionarse. Llegar a Santiago de Compostela como peregrino fue una experiencia inigualable.

Como último trámite del viaje recuerdo haber ido a por la Compostela, donde después de discutir con el cura de turno conseguí que mi nombre figurara en la misma (quería ponerme Ignatius porque decía que debía ser en latín, sic). Después tomamos un autobús donde medio dormimos de vuelta a nuestras casas.

Nuestra aventura, al igual que estos posts sobre el Camino de Santiago, había llegado a su fin.

Un comentario en “El Camino de Santiago (IV): León, Lugo y A Coruña

  1. Eva

    Gracias por haber compartido esa experiencia tan personal. Además aportas frescura al relatar episodios como en las ocasiones en las que dormisteis en sitios que ahora son inimaginables: como en mitad de un pueblo, en un monasterio semiabandonado... cosas que hacen que el camino sea más espontáneo.

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