La Habana: un viaje diferente

img_3339Sabía que me iba a costar escribir sobre mi viaje a La Habana, y así ha sido desde enero, cuando viajé a la capital cubana con mi familia, pocas semanas después del fallecimiento de Fidel Castro (murió irónicamente el black Friday anterior)

¿El motivo de esta dificultad?

Muchísima gente, que conozco, ya ha estado en Cuba y, por tanto, muchos amigos podréis opinar sobre lo que comentaré en el presente post. Ciertamente, explicado así, no es una dificultad para escribir per se, pero lo menciono en el sentido de que, amén de visitar La Habana como destino turístico, nosotros nos alojamos en casa de una habanera, y eso quizás sea un matiz diferenciador del modo en que yo he podido vivir este viaje, pudiendo hacer diferente la visión de Cuba que tendremos.

Intentaré (no sé si lo conseguiré), a lo largo del post, explicarme mejor y desgranar el importante poso que esta original forma de conocer la ciudad ha dejado en mí y, en mi opinión, sobre los habaneros (con toda seguridad sesgada por dicha experiencia), los cuales, durante casi sesenta años, han sido cincelados a base de una porción de ron, mucha de son, algo de azúcar, ciertamente sol, un mucho de mar, bastante de una eterna crisis, una dosis importante de curiosa hipocresía y, sin duda, un férreo control y censura que no ha agriado su forma de entender y ver el “su” mundo.

Comenzaré por el principio: habíamos alquilado un apartamento por Airbnb (que ha llegado a Cuba, para quedarse), pero la verdadera sorpresa fue que, pocos días antes de tomar el avión para allá, según nos adelantó por correo la dueña (luego hablaré de las curiosas comunicaciones cubanas), se había producido un escape de gas en la manzana donde se situaba el apartamento. El viaje empezaba mal antes de empezarlo… sin embargo, la dueña nos ofreció a cambio, salvo la primera noche, vivir en casa de una amiga suya (compartiendo habitaciones con ella claro). Debo reconocer que, de primeras, aquella oferta no me sonó muy bien, más teniendo en cuenta que íbamos con mis dos hijas aún preadolescentes… pero finalmente decidimos vivir esa nueva experiencia como viniera, y, sin duda, acertamos.

En cuanto al viaje en sí, lo primero a comentar, antes de nada, es que, tras aterrizar (nosotros ya de noche), lo primero que tendréis que hacer al pisar suelo cubano, y pasar los laxos controles de entrada (la salida es otra cuestión, hay que estar tres horas antes), es cambiar algo de dinero en la propia Casa de Cambio del aeropuerto.

Comentar a este respecto que, ahora, el sistema monetario cubano pasa porque los turistas podemos pagar en la isla con una moneda, llamada CUC o peso convertible (olvidaros de la tarjeta de crédito por supuesto). Y el sistema no deja de ser curioso: cualquiera que llegue a la isla con dólares, yenes o euros, deberá (mostrando el obligado pasaporte) aguantar las largas colas o filas para cambiarlo por esta extraña moneda, y cuando deje el país, volver a esperar la “línea” para cambiar lo que les haya sobrado. Y digo extraña moneda, porque el CUC no es una moneda admitida en ningún país, y por lo tanto, su cotización (casi a la par con el euro pero con un “castigo” del 10% sobre el dólar) parece completamente inventada y al son de los intereses de las autoridades correspondientes (me imagino a un mandamás del régimen levantándose cada mañana y afirmando con fingida solemnidad: ¡hoy cotizamos a 1,03 la compra de euros y a 1,11 la venta… mañana ya veremos!

En fin, dejando de lado esta primera curiosidad, lo siguiente fue acercarnos hasta el apartamento realmente alquilado en un principio, ¡en un Chevrolet del 55! (ya os hablaré de los coches)

img_3368

Sobre la primera noche poco os puedo decir: el apartamento ciertamente apestaba a gas, y estaba en un bajo, por lo que como a los cubanos les gusta mucho vivir de puertas abiertas con la música y el son como compañía, nos costó mucho dormir bien. Eso sí, nada más levantarnos prontito la dueña del apartamento había dispuesto otro taxi para acercarnos hasta Centro Habana, al apartamento de su amiga y cuyo hijo nos esperaba para el desayuno que nos había organizado. Debo decir que sin duda este fue bien cobrado para aquellas latitudes (para que os hagáis una idea, pagamos cenas por poquito más de esos 16 CUCs del desayuno) pero también que, además de estar espectacular, era un sobresueldo brutal para aquellas necesitadas personas (para que os hagáis una idea, la señora de la casa, de setenta años y ya jubilada, cobraba una pensión equivalente a 12 euros… al mes) por lo que pagamos los desayunos de muy buen gusto.

Bueno, a lo que voy, como anunciaban un cambio de tiempo para los siguientes días (lluvia y “frío”) decidimos pedir al taxista que nos recogiera y acercara hasta una de las playas de La Habana para pasar el resto del día. Como era domingo, el taxista, que según nos explicó era un médico de reconocido mérito, en su coche privado (de nuevo los sobresueldos) nos acercó hasta Santa María del Mar (el coche se lo había regalado el mismísimo Comandante en jefe en persona según afirmó, por sus exitosas “misiones” en determinados países extranjeros como Angola, China, etc, donde los mandan a modo de intercambio durante tres años, eso sí sin sus familias, para que vuelvan… añadiendo como dato que claro, el resto, ni sale del país).

Os dejo unas fotos de la playa, donde pasamos un día algo ventoso, que anunciaba el cambio climático que estaba por venir, pero espectacular.

A media tarde volvimos al apartamento. Estuvimos charlando animadamente con la dueña, y nos duchamos para salir a pasear y cenar. Primero nos acercamos hasta el cercano parque Antonio Maceo y el famoso malecón, donde anocheció mientras media Habana se sentaba a pasar la tarde y dejarse ver.

Luego nos acercamos a conocer uno de los emblemáticos hoteles históricos (vetusto también sería un adjetivo apropiado) de la ciudad: el Nacional, de 5 estrellas y estrenado nada más y nada menos que en 1930 (como no, antes de la Revolución también, y construido por los estadounidenses) y donde estaba el cabaret Parisién, mentado en La neblina del ayer ya que allí cantaba Violeta del Río.

La dueña del apartamento, mientras, se quedaría viendo la televisión y la “novela” (alternan una novela cubana con una brasileña todos los días de la semana, en su único canal) mientras nosotros nos dábamos el lujo (25 euros los cuatro) de degustar, en el fantástico paladar Locos por Cuba (restaurante donde compartimos cena con otros turistas y algunos cubanos que “misteriosamente” se pueden permitir cenar sin racionamiento) un pollo con arroz que todavía recuerdo, así como una “ropa vieja” que quitaba el sentido, bien regadas por refrescos nacionales (por cierto poco acertado el nombre de “tukola” para llamar al sustituto del denostado refresco yankee) o cervezas importadas de Guatemala o México (esas sí son bienvenidas en el país).

img_3237

Después de la fantástica cena anduvimos de vuelta hasta el humilde apartamento, eran solo las diez y media pero queríamos madrugar al día siguiente. Añadir como anécdota que la señora también se acostó cuando llegamos, una vez había acabado la novela (y con ella la programación de TV).

3 comentarios en “La Habana: un viaje diferente

  1. Pingback: La Habana Vieja – LA VUELTA AL MUNDO EN 80 NOVELAS

  2. Pingback: La Habana: Vedado y la Plaza de la Revolución – LA VUELTA AL MUNDO EN 80 NOVELAS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.