Marruecos: Kabila, M’diq y Chefchaouen

bty

Como comentaba en el post anterior, donde recomendaba la novela El vengador del Rif, la razón de visitar Marruecos por primera vez, fue directamente la invitación de una inmejorable amiga (quién además es una genial fotógrafa. Podéis conocer su trabajo en http://www.alyabenanifotografia.com/), casada con un amigo “de toda la vida” (sé que esto último suele ser una frase hecha, pero en este caso es cierta puesto somos amigos ¡desde los doce años!) y pasar unos días de agosto cerca de M’diq, conocida también como Rincón, nombre de la antigua colonia española, unos kilómetros al sur de Ceuta y al este de Tetuán.

Nosotros aprovechamos que andábamos por Cádiz, lugar habitual donde disfrutamos parte de nuestras vacaciones estivales, y que ya conocéis por varios posts dedicados a esta provincia del sur de España, para acercamos hasta Tarifa y cruzar en ferry hasta Tánger.

Por cierto, como se puede apreciar el día que decidimos tomar el ferry, había muchísima calima y el mar estaba como una balsa de aceite, conjunción que suelen aprovechar los desventurados que intentan cruzar el Estrecho, jugándose la vida, para lograr un futuro mejor… y en algunos casos, simple y literalmente, un futuro.

Sobre el viaje en sí, un aviso, no miréis mucho el reloj y hartaros de un poco de paciencia. En nuestro caso, por ejemplo, el ferry no llegó puntual y es que cuando desde el barco se detecta una embarcación llena de hombres y mujeres llenos de ilusiones y miedo (en su mayoría subsaharianos que huyen de la hambruna y de la guerra), como es lógico, deben avisar a salvamento marítimo, parar y esperar a que la inestimable y nunca bien pagada Guardia Civil venga a su rescate.

Tampoco será fácil esperar estoicamente las largas colas (dentro del propio ferry) para los pasaportes y pasar los muchos controles de entrada (por cierto sin ningún problema con los profesionales agentes de aduanas, aunque como hay que dar trabajo a muchos policías, os revisarán todo una y otra vez, aunque sea lo mismo que ya haya hecho otro policía antes).

Otro añadido es, por ejemplo, que, nada más llegar a Tánger, debéis empezar a conducir en el país vecino y es toda una aventura (cuidado fundamentalmente con las rotondas, donde los marroquíes llegan como si no hubiera un mañana y donde impera la ley del más fuerte)

Eso sí, tras conseguir salir de Tánger, nos tocaba dirigirnos hacía la costa este, cruzando por el interior, pero el viaje nos guardaba otra sorpresa: comerse un atasco de dimensiones épicas en Tetuán (no hay semáforos por lo que las rotondas mencionadas son inevitables trampas, especialmente según a qué horas), antes de llegar a Kabila, una preciosa urbanización cercana a M’diq. Aunque no hay mal que por bien no venga, dio tiempo de hacer fotos de Tetuán.

Pese a lo dicho, el viaje mereció la pena nada más llegar a nuestro destino, cuando la familia de mi amiga (nunca estaremos suficientemente agradecidos a su madre, Noufissa, una anfitriona sencillamente espectacular) que nos acogió con los brazos abiertos, haciendo que, desde el primer minuto, nos sintiéramos como en nuestra propia casa y tratados a verdadero cuerpo de rey: no tengo palabras para explicaros, por ejemplo, los desayunos, comidas y cenas con las que nos agasajaron todos los días.

En Kabila disfrutamos de la playa, los deportes náuticos (cada vez soy más torpe), las cenas con amigos de la familia, los deportes de raqueta (por el contrario en esto mantengo el tipo), excursiones a Cabo Negro, al puerto deportivo o a cenar en M’diq.

Sobre M’diq comentar que es una moderna ciudad costera donde me llamó sobre manera su animación y la enorme cantidad de gente que pudimos ver (los atascos son proporcionales) por sus calles hasta altas horas de la madrugada. Y es que, sin duda, llama la atención el poderoso crecimiento en el país vecino de una clase media inexistente hasta hace unos años, que además de coche, compra segundas viviendas en la playa (se ven muchas grúas y muchísimos pisos nuevos), y que disfruta de sus vacaciones. Imagino que, amén del control omnipotente de la monarquía alauí que lleva asegurando una estabilidad necesaria para ello, las prósperas generaciones de emigrantes en España, Francia, Alemania, etc., tendrán mucho que ver en todo este proceso.

Otra de las cosas que pudimos disfrutar estando en M’diq fue acercarnos hasta la preciosa ciudad de Chefchaouen, que está aproximadamente a dos horas en coche (aunque debéis tener cuidado con la carretera; bueno, en realidad, lo que tenéis que tener cuidado es con cómo conducen y en especial, cómo adelantan) y que, sin duda, merece un capítulo particular dentro de vuestras posibles visitas, obligada si os acercáis por la cordillera del Rif.

Fundada en 1471 por Moulay Ali Ben Rachid, tomó el nombre con el que los rifeños conocían el lugar, shifshawen, que significa “dos cuernos”, en referencia a los picos Tissuka y Meggu que ahora coronan la ciudad. De ahí deriva el nombre francés, Chefchaouen, y el diminutivo cariñoso con el que la conocemos los viajeros, Chauen, adaptación moderna del nombre oficial en la época del protectorado español, Xauen.

Chauen es conocido sobre todo por el color tan peculiar de sus calles y casas encaladas de color azul y blanco, Un lugar donde lo que tenéis que hacer es sobre todo perderos por sus calles entramadas que suben y bajan por la ladera de la montaña que lo custodia y guarda desde tiempos antiguos, cuando los pueblos bereberes vivían en estas tierras.

Merece la pena conocer La Medina, que serpenteante, sube y baja asombrando en cada rincón de sus calles azules, y que os aliviarán del calor de verano. Podréis comprar recuerdos, así como productos típicos marroquíes; pero no olvidéis que, sin duda, no habrá mejor recuerdo que vuestra propia memoria. De todos modos, por si esta os falla, tomad fotos.

Otra visita es la Plaza Uta al-Hammam: la principal y más importante del pueblo, rodeada por numerosos restaurantes y hoteles ofrece una oferta variada de menús a muy buen precio (aún recuerdo el espectacular cuscús de cordero que pedí). Si tenéis tiempo sentaros en alguna de las terrazas de los restaurantes y contemplar el paso de la gente. Esta plaza es punto de reunión para los autóctonos y turistas y en ella se ubican dos de los monumentos más importantes de la ciudad, que son la Gran Mezquita y la Kasbah.

La Kasbah fue construida por Muley Ismail a finales del Siglo XVII y es de visita imprescindible. Esta impresionante fortaleza medieval está totalmente amurallada por sólidos muros rojizos y en una de sus esquinas laterales se encuentra la Torre del homenaje, desde donde os recomendamos subir a lo alto, ya que es el mejor sitio de la ciudad para tomar fotos.

Como último comentario, mencionar que al ser un pueblo bastante turístico, os encontraréis con muchas tiendas por todas partes, de alfombras, de complementos, bolsos, perfumes, especies y tantas cosas más que os dejarán perplejos. Los precios de la mayoría de las cosas hay que regatearlos ya que hay una gran oferta y demanda, esto os permitirá poner a prueba vuestra propia destreza en el regateo, todo un arte del comercio marroquí.

Otra curiosidad de Chauen que no debo olvidar mencionar (aunque sea un tema que no me interese lo más mínimo) es que, además de por todo lo mencionado, la ciudad y alrededores son conocidos por los sonidos de los tambores de ketama que durante todo el día podréis escuchar, haciendo famosa la frase de "Rif, paraíso del kif".

Tras visitar Chefchaouen, y volver a M’diq, el viaje nos depararía otra sorpresa, pero "hasta aquí puedo leer..." y tendréis que esperar hasta el siguiente post.

Un comentario en “Marruecos: Kabila, M’diq y Chefchaouen

  1. Pingback: Marruecos: Casablanca – LA VUELTA AL MUNDO EN 80 NOVELAS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.