París (I): la ciudad de la luz

Ya en el post anterior, dedicado a recomendaros Historia de dos ciudades, comentaba la explicación literaria del porqué del apodo de la capital francesa (la Ilustración y París como la capital del Siglo de las Luces) pero existen dos teorías más.

La primera se remonta al siglo XVII, y como en el caso de las otras teorías, no habrían sido los parisinos sino los forasteros -franceses de provincias de paso por la capital y visitantes extranjeros- quienes, maravillados por la visión del primer alumbrado público del mundo, difundieron la idea de una ciudad siempre iluminada.

Comentar eso sí que, como curiosidad, estas luces no se debían a una opción estética sino a algo más prosaico: al parecer, el prefecto de la Policía de París nombrado por Luis XIV, Gilbert Nicolas de la Reynie, ante la alta tasa de criminalidad callejera, ordenó en 1667 colocar lámparas de aceite y antorchas en puertas (y ventanas) para disuadir a los malhechores.

Otra explicación, sitúa la aparición del calificativo algo más tarde, en la primera mitad del siglo XIX, y le da un sentido también literal como la anterior: en este caso, se debería a la implantación en todo París, en la década de 1830, del alumbrado de gas (desarrollado entre otros por el ingeniero y químico francés Philippe Lebon).

De todos modos, sea cual sea la explicación, y pese a que, como decía, en Historias de dos ciudades, el París que nos pinta Charles Dickens de 1789 es más oscuro y tenebroso (la sangre de los decapitados bajo la guillotina se ve negra a la luz de la luna), la capital francesa bien merece una visita en su iluminada nocturnidad. Sin duda, algunos de los lugares más emblemáticos de París adquieren por la noche una luz especial, que hacen que pasear por los Campos Elíseos, llegando hasta el Arco del Triunfo; acercarse hasta Trocadero, bajo la permanente Torre Eiffel que todo lo vigila; llegar hasta la famosa pirámide del Louvre; o pasear a orillas del Sena hasta llegar a la Catedral de Notre Dame, observado por sus conocidas gárgolas, adquieran un encanto difícil de encontrar en otra ciudad.

A continuación comparto con vosotros algunas fotos que he encontrado por internet (no tengo por norma publicar fotos que no sean mías, pero en este caso haré una excepción ya que yo no soy muy bueno haciendo fotos por la noche) que quizás os acerquen esas sensaciones encontradas en un París dominado por el poder de la luz, y que bien siguen justificando su apodo de Ville Lumière.

En próximos posts os iré contando los distintos rincones que muestran dichas fotos.

Por cierto, recuerdo que París también posee el conocido sobrenombre de la ciudad del amor, y es que a finales del siglo XVIII, una nueva corriente artística llamada romanticismo se expandió por Europa, y tuvo una influencia importante en Francia. París se convirtió entonces en el hogar de muchos escritores y poetas románticos, que dieron prioridad en sus obras a los sentimientos, y claro está, al amor.

No sé si estaréis de acuerdo conmigo viendo las anteriores fotos, pero está claro que además de dicha explicación “técnica”, el romanticismo que respiran sus lugares más bellos puede bastar como explicación o justificar dicha consideración… aunque, en mi opinión, y siendo del todo sincero (y probablemente sacrílego) he conocido otras ciudades quizás tanto o más románticas que también deberían compartir dicho sobrenombre de “ciudad del amor” (recuerdo con cariño por ejemplo el Viejo San Juan. La capital italiana, Roma, sin duda podría optar al primer premio. Venecia merece estar también entre las candidatas. O por ejemplo, el hotel El Convento y la bellísima Antigua Guatemala).

¿Qué opináis vosotros? ¿Es París la ganadora absoluta? ¿Qué ciudad debería optar, según vuestra opinión, al título de “ciudad del amor”?

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